TRASLASIERRA, de Andrés Rivera

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Por Solange Cruz

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IMÁGENES DEL ABISMO
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Un poco de historia


En el año 2008 Seix Barral reeditó la novela de Rivera Traslasierra (2007). El lector curioso podrá reconocer el libro por la intrigante ilustración de la tapa: una ventana cuyo vidrio está hecho pedazos en el suelo. Del otro lado de la ventana hay un paisaje sereno y verde, casi sedante.

Se ha dicho de Rivera que es un escritor muy político, un insistente trabajador del estilo, creador de personajes con historias cruentas, uno de los mejores escritores de la literatura argentina contemporánea. Tal vez todo eso resulte exagerado, no obstante, sólo hay una forma de comprobar todo lo que se dice de Rivera: leyéndolo. En lo que sigue me voy a ocupar de Traslasierra.

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De la historia, un poco


Gerhard Schrader, coronel de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas alemanas) es uno de los muchos refugiados nazis que han ingresado a nuestro país hacía 1946. Pero no ha llegado solo. Su hija lo acompaña, ella es el fruto de su gran amor por una muchacha judía llamada Rebeca, que rescató del ghetto de Varsovia (más por un acto de lascivia que por amor). El nombre de la niña es también Rebeca.

El tiempo en el que se desarrolla la historia de esta novela es la década del setenta en argentina. Rebeca narra recuperando la voz de su padre las historias de los últimos días del nazismo, los desastres del ejército rojo rodeando Berlín, las últimas horas en el búnker. Los recuerdos vuelven no como fantasmas para atormentar al viejo Gerhard, sino como imágenes precisas que lo transportan al único momento de su vida en que fue poderoso e importante. No muestra arrepentimiento por nada; de hecho, se podría decir que extraña su vida de aquellos años de espantosa gloria. Sólo puede contarle a Rebeca y a un círculo pequeño de amigos quién es en realidad. Los relatos le sirven para no perder esa identidad que debe ocultar para siempre del resto de la humanidad que lo persigue para ajusticiarlo.

Hay un relato que germina en su mente más que otros que revive cada vez que ve a su hija, Rebeca: la muerte de su mujer, la judía del Ghetto.

“Rebeca Schrader esperó a Gerhard en una Varsovia cercada por el Ejercito Rojo…

“Rebeca comió las últimas latas de carne que le dejó Gerhard cuando éste tuvo que narchar al combate mortal. De Stalingrado. Las comió, bella y sin apuro.

“Rebeca, le informaron a Gerhard, fue tomada prisionera por los comunistas. No hubo juicio, ni siquiera un juicio sumario para Rebeca.

“La subieron a un carro tirado por burros o mulas, y la pasearon por las derruidas y, todavía, humeantes calles de Varsovia. El humo del asedio de los Katiusha, de los disparos de los Katiushas, de la artillería de los mariscales Zhukov y Koniev.

“Rebeca gritó… el nombre de Gerhard.

“Colgaron, los bolcheviques, a Rebeca, de la rama más alta del primer árbol que les salió al paso.

“Los judíos andrajosos y famélicos… pasaban frente al cuerpo de Rebeca… y le escupían a los pies y el ombligo, el trasero, la espalda, y si podían la cara. Y le fijaron, además, del cuello quebrado por la soga de la horca, un cartón con la cruz gamada.

“Fueron generosos con su saliva los judíos y los volcheviques, dijo Gerhard…”

Desde ese día, los recuerdos de la sangrienta y “dorada” época nazi alimentarán los deseos de venganza en Gerhard. Y podría decirce que el tema del texto es la venganza ya que va a desatar el veloz desenlace.

En la segunda parte de la novela tenemos (como en la primera) una gran sucesión de hechos que a veces parecen desbordar el texto: Rebeca va a Traslasierra, conoce a Fernando que es pariente del general Menéndez (capo absoluto de Córdoba), los milicos se deshacen de la mujer de Perón y toman el gobierno, Rebeca se casa con Fernando, Fernando asesina de un escopetazo a su padre Anastasio, Fernando va preso, Fernando sale a los 7 años de la cárcel…

Todos esos hechos preparan el gran final de la novela (en la tercera parte) que por obvias razones aquí no revelaré.


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Narraras por sobre todas las cosas


En Rivera encontramos algo que a veces se extraña mucho en otros escritores de renombre, fama y prestigio: una buena historia. Rivera nos la ofrece y la narra con gran solvencia, con una cadencia que lo acerca al tono oral (por ejemplo, el uso insistente de la repetición de los nombres de los personajes cuando estos protagonizan la acción como vemos en el ejemplo citado arriba). La novela presenta personajes interesantes y una acción acorde a los personajes. No hay aquí unos protagonistas psicológicamente profundos suspendidos en el aire de la intrascendencia narrativa, ni hay sucesos increíbles para personajes miserablemente desarrollados e insignificantes. Rivera nos proporciona el equilibrio.

Pero la felicidad que alguien con deseos de leer un buen relato puede encontrar en Traslasierra es la narración. Luego vendrán las lecturas que profundizarán los aspectos políticos y sociales, luego vendrán las consideraciones sobre el estilo y la multiplicación de sentidos que la academia tanto gusta en reproducir. Pero lo primero es la narración. Si algo nos mantiene cerca de los libros y de la literatura es el placer que todavía podemos encontrar en algunos textos que nos ofrecen narraciones, historias. No diferimos mucho de los primitivos hombres que se juntaban alrededor del fuego a escuchar al narrador de cuentos. Ese placer antiguo y profundo es el que todavía hoy nos impulsa a leer, a buscar en las librerías textos de autores de todos los tiempos. Es bueno comprobar que en Rivera se cumple uno de los mandamientos que muchos ignoran: narrarás por sobre todas las cosas.

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Monstruos


Quiero detenerme en un aspecto de la novela de Rivera: el horror.

Algunos libros de medicina suelen tener fotos de deformidades congénitas, suelen mostrar horribles monstruosidades humanas, atrocidades de la naturaleza, perversiones de Dios si se quiere. Uno frente a esas imágenes –cuando el horror es superado- llega a tener una idea del caos que puede reinar en cada uno de nosotros. Sólo basta un cromosoma de más o de menos, alguna mínima alteración en la disposición de los genes para que el caos se apodere del ser.

Una sensación semejante nos asalta cuando en los diarios o en la tele vemos casos policiales aberrantes. Los psicópatas, los asesinos seriales, los pedófilos, los torturadores, todos ellos son como el hombre elefante (foto), repugnantes criaturas que podría ser cualquiera de nosotros, salvo que la configuración que los convirtió en “eso” que despreciamos nos ha pasado azarosamente por al lado.

Cuando el horror de la imagen es superado viene el horror de pensar que esos monstruos pudimos ser nosotros. Eso puede perturbar a cualquiera y nos sumerge en la pregunta ¿cuánto de suerte hay en la formación de una persona?

La novela de Rivera permite pensar en el horror que habita en las personas “comunes”, esos sujetos de los que menos esperaríamos algo terrible y siniestro terminan siendo portadores del horror.

Gerhard es el viejo aparentemente bueno que tiene un pasado secreto y espantoso que debe esconder. Gerhard debe ocultar quien realmente es para seguir viviendo tranquilo, debe ocultar su deformidad monstruosa. Sólo puede mostrarse como un monstruo frente a los que ya lo conocen, frente a los que no se horrorizan, los que ven sus horrendas malformaciones como familiares. Uno llega a preguntarse ¿qué pasa por las mentes de esos personajes que no se espantan de las historias que cuenta Gerhard? ¿También ellos son monstruos? ¿En “eso” se han transformado por convivir con el monstruo? ¿Esa transformación fue voluntaria? Saber que la monstruosidad está latente en cada uno produce terror.

La novela de Rivera nos plantea lo siguiente: cuando dejamos de ser capaces de ver la monstruosidad que nos rodea, cuando nos dejan de espantar las aberraciones diarias, parte de esa monstruosidad aberrante se apodera de nosotros, o, peor, parte de esa monstruosidad que forma parte de nuestro ser se libera. La pregunta es qué hace uno frente a “eso” que nos rodea y nos interpela.


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La visión del abismo

Una pregunta más profunda y terrorífica es la siguiente: ¿por qué leemos estas historias y por qué nos gustan? Es decir, ¿qué clase de enfermiza perversión nos afecta que hace que lleguemos a experimentar “placer literario” al leer una novela como la de Rivera –excelentemente narrada?

Los museos de horrores han existido siempre, de modo que no es una experiencia nueva. Lo aberrante tiene un morboso atractivo. ¿Es posible que el horror tenga una estética que nos guste irresistiblemente? Tal vez ver el horror en otros no alivie, tal vez el hecho de “verlo” y no experimentarlo nos distancie del horror.

Debemos pensar que hay una mirada sobre el horror que transforma lo aberrante en algo plausible de ser visto. Esa mirada es la que hace que no perdamos la razón totalmente y justifica el placer ante el horror.

La novela de Rivera no es especialmente morbosa en su contenido, creo que podría haber ido un poco más lejos. Pero aún así el horror habita las páginas de la novela. ¡Y la lectura de esas cosas nos gusta, las disfrutamos! Y lo hacemos porque leemos a Rivera (y otros textos de este tipo) con una mirada particular, una mirada que tolera las peores aberraciones y las disfruta. Habría que profundizar en la psicología del ser humano para explicar el origen y la funcionalidad de esta mirada, pero esa tarea supera los límites de este texto.

Sin embargo me pregunto si la existencia de esa mirada que habilita nuestra percepción de lo aberrante garantiza nuestra salud mental, quiero decir, ¿acaso no se pone en riesgo el orden de nuestras percepciones con las imágenes del horror? Tal vez la presencia de ese riesgo haga que la experiencia sea extrañamente placentera. Tal vez estar tan cerca de la monstruosidad nos genere cierto placer porque nos permite asomarnos a un abismo y ver su profundidad sin saltar. Pero hay que tener cuidado, porque, en palabras de Heath Ledger: “Madness is like gravity, only need a little push”.

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- Rivera, Andrés, Traslasierra, Buenos Aires, Seix Barral, 2008.


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Andrés Rivera ha escrito mucho desde 1982, algunos de sus libros son: Una lectura de la historia, En esta dulce tierra (1985, Segundo Premio Municipal de Novela), La revolución es un sueño eterno (1992, Premio Nacional de Literatura), El amigo de Baudelaire, La sierva, Mitteleuropa, El farmer, Nada que perder, La lenta velocidad del coraje, El profundo Sur, Tierra de exilio, Cría de asesinos, Hay que matar, Ese manco Paz, Esto por ahora, Punto final y Por la espalda.
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