PAGARÍA POR NO VERTE, de Juan Sasturain

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Por Sabrina González


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LA DESILUSIÓN DEL DESEO


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El lugar de resistencia


Leer un relato policial ofrece ciertas garantías. Como lector sé que habrá el desarrollo de una intriga, que se pondrá en primer plano un enigma, y que finalmente mi deseo de resolución quedará saciado. En un buen policial, el lector quedará conforme.

En épocas donde la literatura ha avanzado lo suficiente como para descubrir que no debe referir a nada más que ella misma, el policial resiste. En eras donde parecería que la gran literatura es aquella que problematiza, que trasporta al lector hacia el mar de confusiones que es la vida misma, el policial va en contramano. El policial no puede salir de la vida misma, y no puede hacerlo porque debe, sin más, y ante todo, narrar una historia. Contar algo, y sobre todo, develar un misterio. El policial no puede, no debe tener, como se dice hoy en día, un final abierto (frase que todos repetimos sin saber muy bien qué significa, y a la que recurrimos cuando definitivamente no entendimos algo).

El policial debe para satisfacerse a sí mismo y complacer al lector. Debe develar. Ofrecer soluciones. Crear conflictos pero no por mero placer narcisista sino para resolverlos. Si satisface el deseo del lector, entonces es un buen policial.

En este sentido se mueve la última novela de Juan Sasturain, Pagaría por no verte.



Pagaria por leerte

El protagonista, el detective Etchenike, es contratado por Ricardo Muller para investigar a Mauro Peratta. Muller es el yerno de Saldivar, un importante empresario de la pintura, a quien le descubren recientemente una enfermedad terminal, además de ser un viejo amigo del propio Etchenike. Peratta es el socio de Saldivar, y Muller cree que ante la inminente enfermedad de su suegro, Peratta quiere traicionarlos.

Este es el piso sobre que se construye la novela. La trama recién comienza cuando Peratta aparece muerto. Primer crimen que dará inicio a la trama policial. Desde allí se acumularán muertos, en especial, y como es de esperar, testigos. El primer implicado, Peloso, se suicida sospechosamente al poco tiempo, y la muerte también será el destino de un abogado testigo.

Etchenike se moverá allí en un trabajo progresivo de develaciones, de desconfianzas que lo llevarán obviamente a la persona menos esperada. (Quizás este sea siempre uno de los problemas de los policiales, que el menos pensado se transforma en culpable, entonces con el tiempo uno se acostumbra a que el menos pensado sea el más esperable, y así el más pensado)



El deseo cumplido


Podría pensarse que quien se dedica a escribir policiales no tiene demasiadas pretensiones de trascendentalidad. La literatura policial, intentamos probar, se construye sobre un horizonte de intriga y revelación. Su fuerte, narrar una historia, se puede transformar también en su peor debilidad: la intrascendencia.

Leer un policial es una aventura verdaderamente interesante, su recorrido invita a conjugar el entretenimiento con el arte. Abundan en la literatura nombres que participan de un merecido reconocimiento que se han dedicado casi exclusivamente a este género. Sin embargo, tengo la sensación, (y hasta corroborarlo no es más que eso) que aquellos que son acérrimos lectores de policiales, se vuelven casi, quizás sin quererlos, exclusivos lectores de policiales. Exclusivos lectores y lectores exclusivos. Leen con fascinación y admiración casi únicamente historias que ahondan en este terreno. Se vuelven lectores de policiales, y no de literatura en general. Comparten creo esta característica con los gustosos de la ciencia ficción.

Se me podría objetar que todo lector se termina transformando, gracias al gusto, en lectores de un género. Y probablemente sea cierto. Y quizás lo sea justamente por la definición de género. Los gustosos del policial no soportarían una literatura donde la historia (si es que existe) pasa a un segundo plano, para dar lugar a una red de complejizaciones que poco tienen que ver con el mundo. Esperan, desean, que al abrir un libro se les narre una historia que tenga una resolución.

Ahora bien, vale preguntarse qué sucede después. Una vez finalizada una obra policial, ¿qué nos queda más que un enigma resuelto? Y peor aún, una vez resuelto ¿para qué volver sobre ella?

Allí podría descansar su debilidad. Allí residiría su intrascendencia. Una vez satisfecho el deseo de la verdad, no nos queda más que seguir buscando intrigas, anhelando su solución, pero no más que ello. Casi nadie, (y digo casi, a pesar de no conocer a nadie) ha vuelto a leer dos veces un relato policial. Y eso sucede porque ya ha perdido su efectividad. Y si uno vuelve, no vuelve ya con ese anhelo, con ese nerviosismo de la primera vez, porque ya se conoce el final. Podremos volver sobre ella con otras intenciones, con otras preguntas pero ya no con inquietudes que nos promueva el propio género. Otras que devienen de otros ámbitos, de otras profundidades.

Leer un policial, entonces, garantiza la satisfacción de un deseo, pero también lo aniquila, en la medida que lo cierra. Y lo cierra porque lo satisface. Nos llevará a otros textos, a otros autores, pero no volverá sobre sí. Quizás este sea su mayor sacrificio: generar sin retener. Y también su mayor mérito. Quizás por eso vale la pena seguir leyéndolos.


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- Sasturain, Juan. Pagaría por no verte. Buenos Aires, Sudamericana, 2008.


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Juan Sasturain nació en 1945 en Adolfo Gonzales Chaves, provincia de Buenos Aires. Es periodista, guionista de historietas y escritor. Actualmente se desempeña también como conductor del programa televisivo Ver para leer. Entre sus obras más destacadas se encuentran Manual de perdedores (1985), Arena en los zapatos (1988), Los sentidos del agua (1992) y el volumen de relatos La mujer ducha (2001).
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3 comentarios:

  1. Me encanta Juan Sasturain. Era hora de que le empiecen a dar un poco más de bolilla, como se merece. Hay que agradecerle a la televisión, que a veces ayuda.
    Muy bueno el artículo.
    C.

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  2. Ay, Sabrina, vos de polical nada, ¿no?.
    Así como vos tenés "la sensación, (y hasta corroborarlo no es más que eso) que aquellos que son acérrimos lectores de policiales, se vuelven casi, quizás sin quererlos, exclusivos lectores de policiales", yo tengo la sensación de que no tendrías que escribir sacando conclusiones sobre un género del que no tenés idea.
    Porque corrés el risgo de transformarte en alguien que afirma que nadie -o casi nadie- "ha vuelto a leer dos veces un relato policial" (claro que no, Sabrina, si alguien vuelve a leer dos veces un relato lo habrá leído cuatro, pero...) O, peor, en alguien que dice no saber qué es un final abierto y afirma: "frase que todos repetimos sin saber muy bien qué significa, y a la que recurrimos cuando definitivamente no entendimos algo".
    Y yo no digo que para darte una idea de lo que es un final abierto en un relato pilicial leas la frenética novela "Que de lejos parecen moscas" (ya que acá hablan de literatura argentina contenporánea) de Federico Levín (creo) pero al menos podés intentar ver la película "Juegos, trampas y dos armas humeantes",que quizá te ayude con eso.
    Me despido.
    Patricio

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  3. Patricio, gracias por el comentario y en especial por las recomendaciones sobre lo que podría ayudarme. Lamento que el artículo no satisfaga tu sed de un tratado sobre la literatura policial, tengo pretensiones más humildes...
    Por suerte,ambos tenemos este espacio para expresarnos. Y si me permitís, yo lo seguiré usando para escribir sobre mis "sensaciones"...
    Gracias,saludos.
    Sabrina

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SUDOR DE TINTA

Revista cuatrimestral de literatura argentina contemporánea.

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