LONG BEACH, de Noé Jitrik

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Por Martin L. Ferraro


¿QUÉ CONTAR Y CÓMO HACERLO?


¿De Qué va?

Un profesor presumiblemente argentino llega a Estados Unidos invitado por una Universidad para dictar un curso. La casa de estudios le ofrece una habitación de hotel para su residencia, pero el profesor la rechaza y opta por alquilar una habitación en una casa de los suburbios de Long Beach (de ahí el título del texto). La dueña de la casa es una mujer solitaria, llamada Elisa. Pronto nos enteramos que Elisa se ha separado de su novio recientemente y que está sumergida en cierta melancolía. El ex-novio era cocinero y se ocupaba de las cuestiones gastronómicas; Elisa no sabe nada de cocina.

La relación que establece con el profesor comienza justo donde terminó la relación con el cocinero: este había dejado la casa y se había llevado casi todos los elementos de la cocina. El profesor, en su primera mañana, prepara para Elisa y él un desayuno con los pocos medios que tiene disponibles –llegará incluso a cocinar para los dos.

Pero lo que va a unir a los personajes es el diálogo. Las repetidas charlas van a versar sobre diversos temas, banales y profundos, cotidianos y filosóficos. Ese es el lazo fuerte que se tiende entre ellos y les da cierto grado de intimidad –que, para mi frustración, nunca supera el límite del diálogo.

El texto está escrito en primera persona y es la voz del profesor la que nos llega a nosotros los lectores. Desde su perspectiva percibimos el mundo que él filtra con sus observaciones y consideraciones. Así él va a evaluar minuciosamente las actitudes de Elisa, sus palabras, sus gestos, sus sentimientos, para entenderla y formarse una imagen completa de ella –si es que eso es posible-, y nos entrega a nosotros el relato de esas observaciones y conjeturas.

Un día llega a la casa el hijo del profesor y por unos días los tres personajes viven una especie de simulacro de familia. Pero no dura mucho, el hijo se marcha al poco tiempo. (Easy comes, easy goes).

Finalmente, el último día de residencia en la casa el profesor luego de considerarlo brevemente, decide irse temprano sin despedirse de Elisa, ante la duda de no saber qué palabras utilizar para la despedida.



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¿Es o se hace?


Uno de los problemas de la crítica literaria (ajeno por completo a la mayoría de los lectores) es el de los nombres de los géneros: novela, nouvelle, cuento, relato; cada rótulo tiene un criterio que lo justifica. El libro de Jitrik es extraordinario en este sentido, porque parece ser una cosa indefinida entre la novela, la nouvelle y el relato. Pero lo extraordinario es que el libro mismo no es consistente en su definición. Es como si el autor y los editores no estuvieran de acuerdo en decidir a qué género pertenece el texto. Jitrik lo llama relato, en la contratapa también se lo llama relato pero dos párrafos más abajo se lo llama novela. ¿Tenemos que pensar que relato y novela son la misma cosa? o ¿la definición de las categorías es confusa y esa confusión llegó a los editores?

Tal vez lo que señalo sea un detalle sin importancia. Como dije, los lectores que están alejados de los dilemas de los críticos y los teóricos de la literatura no reparan en estas cuestiones de fina abstracción. No obstante, el libro de Jitrik muestra una inconsistencia al dudar entre el relato y la novela. Pensemos en la novela tradicional, de cientos de páginas, con capítulos, con partes, con numerosos personajes. Bien, nada de eso es visible en el texto de Jitrik. Long Beach es un texto breve, el cuerpo del libro es delgado, escuálido diría, con dos personajes centrales.

El libro tampoco está dividido en partes o capítulos. La división está dada por “episodios”. No hay una división numérica, aunque existen, eso sí, espacios en blanco que separan un episodio de otro. Se me dirá que el modelo de novela que tomo como ejemplo es muy tradicional y que hace mucho que las formas se fueron transformando con el trabajo experimental de los autores. Admito eso, y soy capaz de admitir que Jitrik está en una búsqueda experimental, pero lo que no tiene explicación para mí es que en el libro se defina al texto como relato y novela al mismo tiempo; hubiera sido mejor que subtitularan la novela con la palabra “Texto” o “Cosa literaria” o mejor aún, que evitaran todo subtítulo. Si me preguntaran a mí qué cosa es el texto creo que recurriría a una de las líneas más famosas de la literatura: “Palabras, palabras, palabras”.

De todas formas, este no es el mayor problema del texto, pero la falta de consistencia establece el punto de partida de un viaje literario al pasado.



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La cuestión del tiempo


Cuando Borges propuso el anacronismo como un procedimiento literario en "Pierre Menard…" no pensó que habría autores como Jitrik que se lo tomarían tan en serio. Y eso es algo que me perturba desde que terminé de leer el texto porque va en contra de la pretendida búsqueda experimental que podemos inferir de la inconsistencia genérica.

Long Beach atrasa 50 años en su forma narrativa. El texto está anclado en los ´60 (en cierto sentido recuerda a Cortázar). Publicado en el año 2004 el texto se inscribe en la literatura del siglo XXI. Leer hoy (2008) Long Beach es como viajar al pasado en la máquina del tiempo y volver al presente con una flor, ya medio marchita.

Pero para Jitrik tuvo que ser algo más que eso. Sé que estoy especulando, pero escribir en la primera década del siglo XXI como se escribía en 1960 es al menos una curiosidad antropológica. Yo creo que las formas de narrar son muestras de las estructuras de pensamiento de un autor. Las formas dan cuenta de ese instrumento intelectual con el cual se narra una historia y se escribe un texto. Tal vez para Jitrik Long Beach haya sido un simbólico regreso al periodo en que la literatura podía decir algo significativo y ser motor de cambios en las estructuras sociales. Es decir, tal vez haya una cuota de nostalgia en el entramado del texto, -salvo que no dice nada significativo ni promueve ningún cambio.

Pero mejor que mi testimonio de lector es dar un ejemplo.



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Experimento con el tiempo


Por ejemplo esta oración de la página 60:

Sus reflexiones me hicieron pensar que su súbito interés por el existencialismo no respondía solamente a un deseo de ilustrarse o proseguir una interrumpida vocación por la filosofía, aunque tal vez empezaba a creer, estimulada por la conversación, que algunos de sus tópicos podían aplicarse a sucesos que la habían afectado o le afectaban todavía y permitirle entenderlos, espinas interpretativas que, creía ella, eso llamado existencialismo podía ampliar y, con ellas, por más embrionarias que fueran podían ayudarle a explicar lo inexplicable; su interés, por lo tanto, podía deberse no a lo que este objeto filosófico tenía de inquietante en sí mismo sino a una presunción, a mis ojos poco fundada, de que yo, su cohabitante, su ocasional inquilino, podía estar compenetrado en ese tema o, más aún, a que intuía, sin decirlo, que yo, porque tenía libros en la mesa o porque no parecía muy interesado en hacer excursiones ciclistas, podía ser incluso un militante de ese movimiento, el existencialismo, que por cierto muchos consideraban una secta o algo semejante, un adepto, como se es adepto a cualquier secta, tal vez sólo porque la última sílaba del sustantivo es común a religiones y a filosofías.

Lo que tenemos arriba es UNA oración. El largo periodo es de agotadora lectura. Lo que yo llamo anacrónico es precisamente la elección de la forma. Esos largos y maratónicos períodos marcaron una época en la literatura de los ´60. Cortázar era un artesano de esas estructuras y las utilizaba con gran pericia mezclando narrativa y cierta libertad poética en la prosa. Ese estilo pertenece a un tiempo determinado, no a este siglo XXI que debe encontrar su voz y sus formas. Jitrik reproduce una forma que no pertenece a nuestro presente. Trae algo del pasado que fue bueno y productivo en su tiempo y lo instala en nuestra continuidad temporal. Es como revivir un dinosaurio a partir de su ADN y liberarlo en la 9 de Julio. El resultado y el contraste son catastróficos.

Long Beach se convierte en Long, long, long, Beach. Así, una oración puede ocupar toda una página: las subordinadas se multiplican, las aclaraciones se reproducen, los puntos y comas se esparcen por todo el texto. La cantidad de páginas es 108, pero parece de 801.



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La conciencia del personaje


El texto está narrado en primera persona. Leemos la perspectiva del profesor que es el protagonista de la acción (aunque no pasen demasiadas cosas en el texto), y nos introducimos en sus pensamientos. O dicho de otro modo, el texto nos introduce en la conciencia del protagonista y nos convertimos en testigos de sus reflexiones, de sus conjeturas, de sus sentimientos, de sus ideas. De este modo el texto construye un personaje; la estrategia, como se ve, es poner en contacto directo al lector con la conciencia del profesor para que de la lectura surja una imagen psicológica del personaje. Esa imagen en definitiva es el personaje.

La estrategia (¿no se ha usado ya un millón de veces?) tiene otra facultad, es la de transformar al lector en una especie de Pepe Grillo del personaje, salvo que no estamos habilitados para dar consejos. Sin embargos, estamos dentro de la mente-alma del personaje y testificamos todos sus procesos mentales que, como las estructuras sintácticas, son muy complejos. Estamos ahí dentro de la cabeza del profesor y no tenemos acceso a los hechos de forma directa, todo pasa por el filtro de su narración, de sus estructuras narrativas. Como Pepe Grillo, el lector no es libre de elegir, sólo tiene una postura, una perspectiva, una visión del mundo que es la del personaje. Para muchos esta es la única forma válida de narrar, en primera persona. Pero yo pregunto ¿qué es lo interesante de un texto, la psicología de un personaje o la historia que ese personaje protagoniza? Creo que las opciones no son excluyentes, pero Jitrik en este texto ha optado por lo primero.



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Merecer o no merecer


Más arriba sinteticé el texto, ahora voy a sintetizar la historia que el texto cuenta: un profesor llega a una casa donde vive una mujer llamada Elisa y le alquila una habitación. Durante su estadía llega a conocerla y mantiene con ella conversaciones que abre cierto grado de intimidad. Finalmente, el profesor se marcha sin despedirse.

Esa es la historia. La contratapa no dice algo muy distinto. La contratapa podría ser la novela.

Esto pone de manifiesto el interés del autor. La historia es una sencilla anécdota, el personaje, en cambio, tiene cierta profundidad. El lector puede sentirse decepcionado ante este relato-novela y puede llegar a preguntarse por qué el autor llama relato al texto si lo que se cuenta no es una historia interesante, sino que se nos presenta como historia los procesos psicológicos del personaje principal.

Vuelvo a la contratapa y leo: “Esta breve novela explora esas relaciones con obsesiva minucia. Se trata, en realidad, de entender un país y a un pueblo que asombra con el misterio de sus paradojas.” Los editores sabían que el texto no contaba casi nada, lo sabían.

Ante una historia tan pequeña, casi insignificante, me pregunto si todas las historias que nos rodean merecen ser narradas. Creo que pocas merecen ser leídas. Creo que como lectores podemos prescindir de algunos textos y creo que los autores también pueden hacer uso de ese derecho. Hay historias que se escriben y se publican para ser olvidadas de inmediato. Los autores lo saben. Long Beach pertenece a ese tipo de relato-novela.



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La transición


Ese es el problema que enfrenta la literatura, ¿qué contar? Los autores deben responder esta pregunta y los lectores deben elegir qué leer. Está claro que historias microbianas como Long Beach no producen nada en el lector. Su falta de sucesos, de hechos, de acción es entumecedora. Al lector se le duerme el cerebro mientras lee las peripecias internas del profesor.

Pero no podemos culpar a Jitrik por el texto mediocre que produjo, él ha hecho lo que todo autor debería hacer. Él ha encontrado su brújula y la ha seguido y, quién sabe, tal vez él crea que por ese camino se llega a algún lado –al siglo XX posiblemente.

Ahora, los escritores del siglo XXI tienen que crear su propia brújula y deberán seguirla fielmente. Habrá muchas, el norte será difícil de divisar, y tal vez eso sea lo mejor, tal vez la brújula literaria debería tener en claro antes que nada el Sur y de ahí en más el camino estará señalado.

La brújula de nuestro tiempo está por construirse. No es tarea de una persona ni es manifestación de un libro. Surgirá de un momento de hastío, de aburrimiento y fastidio. Emergerá de una nueva sed, de la insatisfacción general. Por eso textos como los de Jitrik aún siendo mediocres son necesarios, porque están preparando la escena para el cambio, porque son una transición hacia el porvenir.
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- Jitrik, Noé, Long Beach, Buenos Aires, Emecé, 2004.

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Noé Jitrk es un prestigioso ensayista y crítico literario. Su obra ficcional incluye otras novelas como Limbo (1992), Mares del sur (1997) y Evaluador (2002), y libros de relatos como La fisura mayor (1967) y Llamar antes de entrar (1972). Pero tal vez el trabajo más importante de Jitrik sea el que dedica al estudio de las letras. Sus obras críticas sobre Cortázar, Arlt, Borges, Horacio Quiroga, entre otros, son de mucho interés. Asimismo es destacable su labor como director de la colección Historia crítica de la literatura Argentina.


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