LA HORA DE LOS MONOS, de Federico Falco

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Por Sabrina González

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HABLEMOS DE ARTE

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En este espacio, nos venimos preguntando desde hace un tiempo, qué hace que algo sea literatura y qué no, y por añadidura, qué hace que algo sea “buena literatura”. Hemos hablado de la importancia del argumento, de la importancia de la narración, de la complejidad de los personajes, de su contundencia, etc, etc, etc. Aquí y allá, podremos debatir ampliamente, y seguramente seguiremos sin ponernos de acuerdo ni siquiera con nosotros mismos. Sin embargo, creo, porque la realidad así me lo ha demostrado, que aún sin poder definirla, la presencia frente a la buena literatura no deja otra posibilidad más que aceptación de que allí estamos frente a algo que escapa contundentemente a nuestro análisis.

Esto es precisamente lo que sucede con La hora de los monos, de Federico Falco. Esa contundencia que solo el arte en su sentido más pleno puede dar.

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La supremacía de la mixtura

Si alguien me preguntara de qué género son los cuentos de Falco, honestamente no sabría que responder. En principio, mi primera hipótesis fue que se trataba de cuentos fantásticos. Relatos construidos sobre una contundente realidad en la que irrumpía algún elemento que rompía con esa regularidad. Sin embargo, esto no es estrictamente cierto, ya que nada de lo que sucede en los relatos es del orden de lo paranormal, de lo sobrenatural; todo puede ser explicado por las leyes de la realidad. Una realidad, sin embargo, que no es exactamente a la que estamos acostumbrados. ¿Dónde radica su diferencia? No se puede ubicar con precisión, pero se está constantemente frente a una realidad que se presenta como natural pero que está levemente corrida de lo normal. Un elemento, un hábito, un accidente, una forma de narrar, cada cuento nos invita a un escenario distinto, donde se repite la sensación de estar frente a una experiencia que exige otro nivel de comprensión.

Así sucede, por ejemplo, con Los días que duró el incendio, cuento que relata una obra de teatro. Primer subsuelo de narración. Pero lo más increíble está aún por venir: la obra en sí se trata de un musical que cuenta la persecución de un violador serial. De esta manera, somos espectadores de las variadas canciones interpretadas por las mujeres abusadas, por la esposa del violador, por su amante, por el gobernador y por el violador en cuestión. En principio, esto parecería algo totalmente inverosímil, sin embargo, no lo es, funciona a la perfección dentro del relato. Se lee, se cree, se consume y te consume. Ese clima tragicómico que nunca se decide por ninguno de los dos extremos, es una tensión perfectamente orquestada.

Esta misma atmósfera se sostendrá en todos los relatos. De hecho, habrá muchos momentos donde la angustia de lo siniestro se volverá absolutamente contundente. Sin embargo, su extraño compañero, lo cómico, nunca desaparecerá. Y es debido a esta particular mixtura, que lo raro se junta con lo normal, lo extraño con lo natural, y la literatura explota por todos lados.

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La autoconciencia

Me gustaría detenerme un segundo en un relato. Su nombre es Ballet y cuenta la adaptación teatral de un cuento, cuyo autor es el protagonista. O quizás debería decir, y sería más junto, cuenta la historia de la literatura y su posibilidad o imposibilidad de interpretación.

La narración se desarrolla en el marco de un proyecto estatal llamado Cruces, que se propone reunir gente de diferentes generaciones y distintas disciplinas del arte. Así es que nuestro joven escritor se vincula con Gripa Castellano, una coreógrafa brillante de los años setenta. Ella se propone adaptar uno de sus cuentos al ballet. De esta manera, el literato acudirá a un ensayo de dicha artista, y lo que se desarrolla a partir de allí es absolutamente genial. Es la puesta en escena de un cuento que su mismo autor nunca reconocerá; se trata de una adaptación, pero de una adaptación “tan libre” que ya no guarda la menor relación con el original.

Así, por ejemplo, el joven cuentista será testigo presencial del asesinato en escena de un chancho. Escena por demás siniestra. Sin embargo, guarda constantemente un clima tan absurdo y grotesco que no permite borrarnos la sonrisa dibujada. Ante el desconcierto del autor frente a una escena que desconoce absolutamente, la asistente de la coreógrafa responderá: “el chancho no es el chancho. Es un símbolo”. ¿De qué? No se sabe, ni su autor ni nosotros lo sabemos; sin embargo no importa. Lo absurdo de la exposición se cierra, y a la vez, se pone aún más en evidencia cuando, luego de que el trabajo entre ambos artistas queda trunco, el joven escritor acude a una obra de la coreógrafa y ve representado allí la misma escena del chancho, pero teóricamente basado en otro referente. Genial. Absolutamente genial.

Lo que me interesa destacar sobre este cuento es la puesta en evidencia del conflicto, de lo que el arte puede o no representar y de qué alcance tiene la interpretación. ¿Ve lo que quiere ver, sin importar si la obra lo “dice” o no? ¿Es la interpretación una nueva obra, que no guarda relación alguna con aquella a la que dice representar? Lo genial del cuento es que no da respuestas, no permite definirnos por ninguna postura, porque transita ambas, y porque muestra, como nadie, la tensión de ese conflicto.

Inmerso en un clima profundamente burlesco, ridículo, este cuento, como el resto de los que forman parte del libro, es una muestra inconfundible de la contundencia de la buena literatura.

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Federico Falco
nació en General Cabrera, Córdoba, en 1977. Publicó los libros de cuentos 222 patitos (2004) y 00 (2004), la plaqueta de poemas Aeropuertos, aviones (2008). Entre otras, participó de las antologías La joven guardia (2005), In fraganti (2007), Es lo que hay (2009), Hablar de mí (2009) y Asamblea portátil (2009).
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